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 Música renacentista

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Durante el Renacimiento se produce en la música el mismo desarrollo apreciable en las artes. Con la unidad peninsular obtenida por los Reyes Católicos, las relaciones de los antiguos reinos peninsulares se hace más estrecha, y se incremente la proyección hacia el extranjero con mayores contactos con Italia, Alemania, Inglaterra, y Francia, sobre todo, con Flandes. Como en arquitectura y pintura, las relaciones son tan fuertes que también en música se puede hablar de un estilo hispano-flamenco. Aunque no todos los autores flamencos pasaron mucho tiempo en España, los viajes a Flandes de músicos españoles y las visitas de los flamencos a España permitió que éstos dejaran su sello en la música española de fines del siglo XV y principios del XVI, como se percibe en los primeros compositores de auténtico renombre. Son notables Juan de Anchieta (1462-1523) músico de capilla del príncipe don Juan, el hijo de los Reyes Católicos y Francisco Peñalosa (m. después de 1535), autor de misas y motetes .

La implantación de la imprenta ayuda a difundir los "cancioneros" y a fijar la notación musical. En los Cancioneros se reúnen a veces obras de varios compositores unos conocidos otros anónimos, españoles y extranjeros. Muchas de las canciones incluidas son polifónicas, de dos hasta cinco voces. Los primeros libros musicales impresos en España fueron "Lux bella" de Domingo Durán (Sevilla, 1492), y un procesionario de la Orden de los Predicadores (Sevilla, 1494 ).

De estos años es el primer compositor de nombre conocido y de obra también conocida y abundante Juan del Enzina (1468-1529), famoso por sus églogas teatrales. En el "Cancionero de Palacio" (siglos XV-XVI), el documento más importante de música profana de la época de los Reyes Católicos, se han conservado numerosas composiciones (villancicos ) polifónicas, en las que está patente el más claro espíritu del Renacimiento. Enzina es el músico mejor representado en él.

Otros cancioneros importantes son el de Upsala (Venecia, 1556), en el que hay cincuenta y cuatro canciones polifónicas anónimas de dos a cinco voces; el de Medinaceli, con más de un centenar de canciones, también polifónicas, anónimas y firmadas, y el de Turin, de fines del siglo XVI, con un medio centenar de piezas anónimas a varias voces.

Los textos de las canciones y villancicos son en su gran mayoría populares, aunque con frecuencia también son formas métricas literarias de poetas conocidos. En tema y espíritu son generalmente seculares, aunque hay también muchos en los que se juega un "contra factum" a lo divino, unos con referencia a la Virgen o Jesucristo, otros a la Natividad. Estos últimos son antecedentes ya de los villancicos modernos.

También la ciencia de la música recibió gran atención. De importancia son Bartolomé Ramos de Pareja, cuya "Música práctica" está escrita en 1482 y Juan Bermudo, cuya "Declaración de instrumentos" (1549) es fundamental en la historia de la música. Otros son de menor fama porque no salieron de la Península y escribieron en su lengua nativa, pero tienen gran interés por representar una auténtica tradición local. Entre éstos es notable el organista ciego Salinas, celebrado por Fray Luis de León, que fue catedrático en la Universidad de Salamanca y autor de "De musica libri septem" (1577), una de las más importantes aportaciones españolas a la teoría musical. Son importantes también Miguel de Fuenllana, gran compositor y vihuelista, y Antonio Cabezón. Este es reconocido además como el mejor organista del Renacimiento español. Las obras que de él se conservan, por su mayor parte estudios escritos para sus estudiantes, fueron recogidas tras su muerte y publicadas por su hijo.

El uso frecuente de la vihuela inspiró una serie de publicaciones de composiciones para este instrumento "Libro de música de vihuela" (Salamanca 1552) y "El maestro" (Valencia 1536) de Luis de Milan; "El Parnaso" (Valladolid 1576) de Esteban Daza. Nombres de músicos distinguidos son Luis de Narváez (1538), Alonso Mudarra (1546) y Enrique de Valderrábano (1547).

Aunque la música gregoriana continuó en uso en los monasterios e iglesias catedralicias españolas, al igual que en otros países de Europa, la polifonía se impuso en muchas de las ocasiones más solemnes. En España tres son los nombres de grandes compositores de música religiosa del siglo XVI Cristóbal Morales, Francisco Guerrero y Tomás Luis de Victoria.

Cristóbal Morales (1500-1553) vivió algún tiempo en Roma, donde fue maestro de Capilla del Papa por lo que, a su regreso a España, en 1545, gozaba de gran fama. Sus Misas constituyen una de las más bellas aportaciones españolas a la música renacentista. Tres de ellas utilizan temas profanos conocidos ("L'homme armé", "Mille regretz" y "Tristezas me matan"). Morales escribió también motetes madrigales y villancicos de gran perfección y serena expresividad.

Su discípulo, Franciso Guerrero (1528-1559) dirigió la capilla de la catedral de Sevilla y escribió, sobre todo, música religiosa de grácil polifonía "Liber Vesperarum" (Roma, 1584) y "Canciones y villanescas espirituales" (Venecia, 1589). Publicó también un libro, "Viaje a Jerusalén", que es una crónica de su viaje a los Lugares Santos. Guerrero rivalizó en fama con su maestro en la Península e incluso le sobrepasó en el Nuevo Mundo, donde sus obras se reprodujeron en los siglos siguientes, XVII, XVII y XIX, para uso de las catedrales de Lima y de México.

El gran compositor de música religiosa del Renacimiento español fue Tomás Luis de Victoria (Avila, hacia 1548-Madrid, 1611), quien residió durante algún tiempo en Roma y fue más tarde maestro de capilla y organista en las Descalzas Reales, de Madrid. Su música rivaliza con las mejores composiciones italianas y las sobrepasa en su sentido espiritual y por su mayor solemnidad, sin las florituras tan del gusto italiano. Su tema preferido es la pasión de Cristo, que da ocasión a sus famosos "Responsorios" para los oficios litúrgicos de la Semana Santa. Además de Misas y otras composiciones litúrgicas, tiene una serie de magníficos motetes. Su polifonía, siempre un tanto severa, tiene una gran riqueza armónica y un dramatismo excepcional. Aunque la música de Victoria tiene una grandeza llena de contrastes, alcanza un intimismo lírico extraordinario. Su elevación de espíritu y limpieza armónica le han dado el nombre de "gran místico cuya lengua es la música".

En la llamada "escuela andaluza", además de sus iniciadores, Morales y Guerrero, se distinguió Juan Vazques, que nació en Badajoz, vivió en Sevilla y fue cantor en las catedrales de Plasencia y Palencia y luego en Madrid. Publicó "Villancicos y canciones" (Osuna, 1551), con veintiséis piezas polifónicas a tres y cuatro voces; "Agenda defunctorum" (Sevilla, 1556) y "Recopilación de sonetos y villancicos a cuatro y cinco" (Sevilla, 1560), con cuarenta y cinco composiciones que se distinguen por su ágil tratamiento de las voces. Otros músicos de esta escuela son Fernando de las Infantas (Córdoba, 1534), que vivió en Italia; Fernando Contreras (Sevilla, 1470-1548), Luis de Vargas (Sevilla, 1502-1568), Juan Navarro, Francisco Ceballos y Rodrigo Ceballos.

También en Aragón y Cataluña hubo una importante escuela de música y polifonía. De la escuela catalana hay que citar a Pedro Alberch Vila (1517-1582), organista de la catedral de Barcelona y autor de un libro de Madrigales, en castellano y catalán (Barcelona, 1585); Mateo Flecha "el Viejo", cuyas "Ensaladas" aparecieron junto con obras de otros compositores (Praga, 1581), y su sobrino Mateo Flecha "el Joven", que publicó dos libros de "Madrigali", uno religioso y otro profano, este último con con textos italianos (Venecia, 1568). En Valencia se destacó Juan Ginés Pérez (1548-1612).

Al mismo tiempo que la música polifónica, se desarrolló en España, durante la primera mitad del siglo XVI, una abundante literatura para vihuela todavía el instrumento preferido. Algunos de sus autores son los nombres más famosos de la música renacentista Luis Milán, Luis de Narváez, Alfonso Mudarra, Enrique de Valderrábano, Miguel de Fuenllana y Esteban Daza. La música que éstos compusieron para la vihuela son las más bellas creaciones musicales del Renacimiento español y sus transcripciones para la guitarra se interpretan todavía hoy con gran aceptación del público.

Durante la segunda mitad del siglo la popularidad de la vihuela decreció a la par que la guitarra se fue imponiendo rápidamente como instrumento cortesano y popular. Ya en 1586 aparece en Barcelona el primer "Tratado para Guitarra y bandola", del famoso médico Juan Carlos Amat.

La música para órgano, aunque cultivada en España desde la Edad Media, ha dejado escaso rastro. En el siglo XVI todavía se escribía música indistintamente para instrumentos "de tecla, arpa o vihuela", sin que las características instrumentales del órgano fuesen consideradas de una manera clara o determinada. Así están concebidas las obras de los más famosos organistas. Este es el caso de Antonio de Cabezón (Castrojeriz, hacia 1500-Madrid, 1566), aunque ciego, uno de los más grandes compositores de su tiempo. Cabezón llegó muy joven a ser un excelente organista, y como tal acompañó a las Cortes de Carlos V y Felipe II, viajando por toda Europa y tomando contacto con sus colegas contemporáneos de otras latitudes. Sus Tientos, Glosas y Diferencias utilizan temas propios o ajenos para establecer diversas variaciones admirables por su perfección técnica y por su belleza. Sus obras fueron publicadas póstumamente en Madrid en 1578 por su hijo Hernando Cabezón.

Fuera de la vihuela y del órgano no hay gran abundancia de música instrumental española en el siglo XVI. Pero hay que destacar la figura de Diego Ortiz, toledano, que vivió en Italia acompañando al duque de Alba y que publicó en Roma en 1553 un tratado de glosas para "violón" (viola da gamba). En él un tema (popular italiano, o madrigal, o gregoriano) es presentado y después elaborado en "glosas" (variaciones) de sorprendente riqueza rítmica y melódica. Olvidado por muchos años Ortiz goza en la actualidad de renovada fama. Ortiz puede colocarse, junto con Morales, Victoria, Guerrero y Cabezón, en la primera línea del arte español del Renacimiento.

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