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Historia, cultura y artes

 
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 Neoclasicismo hasta el Fin de Siglo

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Las artes en Europa durante el siglo XIX

Las obras de arte realizadas a lo largo del siglo XIX son un claro exponente de la transformación espiritual que el hombre europeo experimenta con la difusión y la creciente influencia de los principios de la Ilustración y las consecuencias de la Revolución Francesa. Las nuevas ideologías religiosas, filosóficas o políticas y sociales, y las reacciones que ellas causan en los grupos tradicionalistas y conservadores son aspectos de la vida que movían a los artistas de manera muy profunda y quedaban reflejados en sus obras como no había ocurrido anteriormente.

Razón de ello era el nuevo carácter del arte y del artista, que tendían ahora a reflejar la sociedad urbana de la que nacía y a la que servía. La crisis revolucionaria había puesto fin al ascendiente absoluto de los mecenas y protectores poderosos, quienes imponían sus gustos a los artistas que, a su vez, producían un arte reflejo y halago del mundo de los poderosos. Las salas de exposiciones y el mercado, en general, tomaron el lugar de los salones cortesanos en que artistas y hombres de letras se reunían y halagaban a nobles y políticos poderosos. En España, la Guerra de la Independencia puso fin a la protección oficial al "buen gusto" francés.

Durante el siglo XIX el artista dependía intensamente del mundo social en que vivía y con el que se quería comunicar a través de su obra. Por ello su estilo reflejaba ideologías, sentimientos o simplemente circunstancias muy específicas de la sociedad en que vivía. A pesar de esta individualidad del artista, es innegable también su resonancia europea, lo que permite hablar de unas corrientes europeas del arte claramente discernibles casi al mismo tiempo en muchos países y cuyo punto de origen continuó siendo Francia, por influencia directa o de reacción en contra y oposición a ella.

En este régimen de libertad individual relativa, el arte europeo, aunque cambió continuamente, mantuvo en todos los países una línea de notable uniformidad válida para todas las manifestaciones artísticas, que lleva desde el neoclasicismo al romanticismo, realismo, naturalismo, impresionismo y modernismo.

Neoclasicismo

De todos los movimientos y estilos populares durante el siglo XIX, el neoclasicismo afrancesado puede ser considerado como una supervivencia del siglo anterior. Debido al prestigio del Antiguo Régimen monárquico absolutista, que en cierto modo continuaba gobernando en la mayoría de las naciones europeas, se mantuvieron durante el primer tercio del siglo XIX algunos de los ideales del arte neoclásico afrancesado. En consecuencia, se continuó dando menos valor al movimiento y al color para darlo más al dibujo, al contorno delimitado, a las líneas bellas y elegantes.

Sin embargo, como resultado de los sentimientos nacionalistas despertados por los afanes imperiales de Napoleón y las guerras de independencia a que dieron lugar, los artistas preferían abandonar los temas fríos del neoclasicismo, para dar voz a sentimientos patrióticos y nacionalistas, creando así una especie de pre-romanticismo, romántico por sus temas, neoclásico todavía en su técnica y estilo.

Al pasar del siglo y a medida que los valores burgueses se afirman en la sociedad los gustos neoclásicos abandonan mucho de los elementos franceses para convertirse en copia y reproducción más fiel del arte clásico. En esta forma depurada, el neoclasicismo se mantendrá hasta entrado el siglo XX.

Romanticismo

En un sentido estricto el llamado romanticismo, más que un movimiento artístico, fue una fase de la vida intelectual europea, con unas características precisas que se manifiestan tanto en la cultura artística y literaria como en la política y en las ciencias sociales, notándose entre todas sus manifestaciones una solidaridad sorprendente. Por ello se habla frecuentemente por igual de una postura romántica en política o de una interpretación romántica de la historia, como de literatura o música romántica.

El romanticismo podría ser definido como el predominio de la sensibilidad sobre la razón y de los conceptos y sentimientos individuales sobre los comunes o generales. Sus raíces inmediatas se encuentran en la crisis revolucionaria francesa, con su sobre valoración y consiguiente desengaño de la razón, y, antes, en los filósofos y pensadores de la Ilustración, con su idealización del individuo.

La sensibilidad romántica manifestaba un deseo nostálgico de evasión de la realidad en el mundo de las emociones. Estas podían ser amor, ternura, nostalgia, pero también odio, terror y desesperación. El sentimiento de la naturaleza es otro de los aspectos del romanticismo, aunque su contemplación, para ser romántica, tiene que ser personal y capaz de provocar fuertes emociones en el individuo. Contra el ateísmo racionalista, el romántico creía en Dios y en la religión, aunque se trataba más bien de un sentimiento vago hacia un Ser subjetivo que poco o nada tenía que ver con las religiones tradicionales.

Sentimiento romántico es también el nacionalismo como expresión de un individualismo de los grupos nacionales, que afirman cada uno su personalidad cultural o histórica. Por ello los románticos volvían sus ojos hacia el pasado de cada país idealizando sus épocas de formación generalmente medievales, en las que se creía ver el origen nacional, dando preferencia a temas y estilos tradicionales y también al presente popular en cuyas peculiaridades percibían la personalidad específica de la nación. De esta manera se hacen objeto del arte romántico no sólo el pasado clásico sino también los contemporáneos. En arquitectura, en especial, los estilos tradicionales, medievales y renacentistas, se mezclan también con características más recientes, dando lugar al eclecticismo, más o menos marcado.

También se interesaron los románticos por lo desconocido, imaginado, misterioso y exótico, y no sólo por la belleza perfecta sino también por lo interesante, abriéndose así nuevos horizontes al arte, que no tenía ya que silenciar ni lo feo ni lo grotesco. De este modo la estética romántica lleva en sí, como en germen, las direcciones realistas y naturalistas del arte.

Simultáneamente con las últimas generaciones de pintores neoclásicos, comenzaron a aparecer en el norte de Europa las primeras pinturas románticas, cuyo estilo renovador se extendió rápidamente por toda Europa, ya triunfante en 1830.

El espíritu romántico se tradujo en una preferencia por temas nacionales o de un orientalismo exótico, o sencillamente exotismo, representados en composiciones sin orden aparente pero de gran riqueza de color. El triunfo de la escuela romántica francesa quedó consagrado con el colorido ardiente y luminoso de su mejor representante, Eugene Delacroix (1798-1863), y con los paisajes basados sobre efectos de luz de Jean-Baptiste Corot (1796-1875). A fines del primer tercio del siglo, el estilo romántico dejó sentir su influencia en España.

Nazarenos

Las convulsiones históricas y sociales de principios del siglo XIX provocaron la añoranza por los tiempos pasados y la restauración del espíritu nacional. En esa restauración, los nazarenos alemanes fueron el movimiento pictórico que más alcance tuvo, aunque su entrada en el ámbito español se retrasa casi cien años.

El nombre Nazareno, ya entonces aplicado a Jesús “el Nazareno” por su nacimiento en Nazaret, fue adoptado por un grupo de pintores nacidos en torno a 1785 que buscaban revivir la honradez y espiritualidad que creían ver en el arte cristiano medieval.

Los pintores alemanes Friedrich Overbeck y Franz Pforr, estudiantes en la Academia de Viena fundaron, en 1809, el “Lukasbund”, Unión o Hermandad de Lucas, con referencia al evangelista considerado como el patrono de los pintores. Residieron en Roma buscando su inspiración medieval, y su deseo de fundamentar la pintura sobre unas bases religiosas que reflejara “la verdad y la pureza” de la pintura prerrenacentista.

Temas bíblicos, y sencillez de estilo, limpieza de líneas y suave cromatismo, libre de duros contrastes, fueron sus características.

Prerrafaelitas

De carácter muy distinto, aunque notable, fue el llamado prerrafaelismo. El movimiento originalmente británico fue iniciado, en 1848, por Holman Hunt y John Everett Millais. El nombre se refiere a su actitud de rechazo contra el arte corriente y academicista del “manierismo” oficial que veían en la pintura ya desde el renacimiento tardío, y su intento de retorno a la pintura de artistas italianos y flamencos de las primeras generaciones del Renacimiento. Su insistencia en citar a Rafael Sanzio, (1483-1520) como el límite cronológico de la perfección renacentista, les llevó a adoptar los nombres de prerrafaelita y prerrafaelismo.

El estilo prerrafaelita que tuvo su mejor y más popular expresión en Inglaterra en el periodo victoriano, y llega a fines del siglo XIX a España donde se percibe como continuación del modernismo en pintura e ilustraciones, como hizo, por ejemplo, la revista ilustrada Blanco y Negro de fin de siglo, apreciando sobre todo la delicadeza y elegancia de su dibujo y el atractivo de su rico cromatismo.

Realismo

Hacia mediados de siglo el lirismo romántico alcanza un agotamiento en todos los países europeos, tanto en las artes como en la literatura. La exageración en sus actitudes fundamentales, explicables como una oposición a la rigidez y frialdad del racionalismo neoclásico, llevó a una postura artificial ante la realidad, poco en consonancia con el positivismo filosófico, cada vez más imperante en Europa desde Comte (1798-1857), Darwin (1809-1882), Spencer (1820-1903) y Renan (1823-1892).

Este nuevo movimiento, también fase intelectual por la que pasó Europa, se distingue del anterior por su desvaloración del mundo interior preferido en el romanticismo, dando preferencia a la realidad tal como es percibida por los sentidos. En consecuencia, se abandona el espiritualismo idealizante de los románticos para asociarse al positivismo materialista y el cientifismo de la época y se exige del escritor y del artista que sean objetivos en la representación de las impresiones de sus sentidos.

Herencia todavía del romanticismo era el subjetivismo inherente a la percepción y expresión de la realidad, ya que ésta no está en la obra de arte tal como en la realidad, sino como la percibe el temperamento artístico, religioso, social o político del artista. Este nuevo movimiento da importancia al mundo externo, a la naturaleza y al hombre, y el interés del artista se expresa en que el objeto reproduzca la realidad.

El realismo de la segunda mitad del siglo XIX

Desde el punto de vista social, el realismo de la segunda mitad del siglo XIX debe ser entendido, a la vez, como un paso más en el proceso iniciado ya con la Ilustración y continuado por las revoluciones sociales y nacionalistas e, incluso, por el mismo romanticismo, en el que el individuo y la sociedad reciben una gran importancia. Ya los nacionalismos románticos, literarios o políticos, habían iniciado una revalorización de lo nacional, lo popular y lo social, y así de las costumbres del pueblo, llegando así el realismo a los llamados “costumbrismo” y “regionalismo”. Movimientos que se caracterizan por los sentimientos nacionales, de lo que se llama “la patria chica”, y las costumbres de la sociedad urbana o campesina.

El realismo más que ofrecer una reacción antirromántica, como se suele decir, adopta un nuevo punto de vista ante el mundo, el cual considera con un mayor deseo de objetividad. Por ello mantiene con frecuencia los mismos temas románticos, aunque los considera de manera distinta. El realismo añade a estos temas, además de su pretendida objetividad un nuevo interés por el análisis científico de las cosas, de la vida humana, las clases bajas de la sociedad y por el proletariado urbano e industrial, cuya emergencia es el fenómeno social y político característico a partir de la segunda mitad del siglo. La emergencia de la llamada clase media beneficiada por el parcial enriquecimiento de la sociedad, da un nuevo elemento de consideración y un nuevo cliente al artista. Al mismo tiempo, con el desarrollo de la Revolución Industrial, se perciben los problemas económicos y sociales de la clase obrera, que con su organización en grupos introducen en la sociedad una nueva visión de la realidad.

Naturalismo

La obsesión por los aspectos sociales del realismo es la nota característica del llamado naturalismo. Fue la herencia estética que el siglo XIX dejó al siguiente y tuvo como fin la representación fiel de un aspecto de la vida, desnuda de paliativos o de juicios morales.

Dependiente más que ningún otro movimiento de los métodos científicos y filosóficos en boga, concretamente el determinismo, escritores y artistas de vena naturalista dieron mayor énfasis a los aspectos instintivos, accidentales y fisiológicos del hombre y mucho menos a sus cualidades morales y racionales. La visión naturalista de la sociedad y del individuo fue ya desde su comienzo materialista y amargamente pesimista y fue por ello adoptada fácilmente por los artistas en simpatía con los movimientos revolucionarios en favor del proletariado. Este proletario es presentado en las revistas ilustradas como víctima de la sociedad acomodada o rica, como un ser pobre forzado a una calidad social que lo hace inhumano.

Las artes en España durante el siglo XIX

En términos generales se puede afirmar que los movimientos artísticos del siglo XIX coinciden con las corrientes literarias y ambos con las nuevas corrientes intelectuales. Al ser expresión de ideologías y estar dominadas por las interpretaciones francesas, también las artes plásticas, manifiestan las etapas fundamentales del neoclasicismo, romanticismo, realismo y naturalismo

La arquitectura

El arte arquitectónico, por su magnitud y funciones, frecuentemente sociales y políticas, tiende en general a reflejar más que ninguna otra forma artística actitudes y gustos políticos oficiales. Por ello a lo largo del período de restauración del Antiguo Régimen, aproximadamente los dos primeros tercios del siglo XIX, la arquitectura se mantuvo fiel a los estilos franceses, barrocos y neoclásicos. Debido al prestigio de las victorias napoleónicas continuaron siendo, aun después de su derrota, los estilos preferidos para edificios y palacios oficiales y para el adorno de las ciudades españolas.

Arquitectura neoclásica

El estilo neoclásico más o menos mezclado con elementos decorativos franceses, perduró a lo largo del siglo XIX.

Arquitectura romántica

El predominio del romanticismo con su exaltación del pasado nacional y alejamiento de líneas oficiales se manifestó en la arquitectura con una renovada afición por los estilos medievales, tan desprestigiados durante el siglo precedente. El resultado fue una serie de estilos eclécticos en los que, con mayor o menor pureza, predomina alguno de los estilos nacionales y que se mantuvieron vigentes hasta fin de siglo, sólo entonces comenzó a ser sustituido por las corrientes modernistas.

Las obras de arquitectura que siguen un eclecticismo histórico son en estilo "gótico", "renacentista", "bizantino", "mudéjar".

El uso del estilo mudéjar, tanto en medieval como en renacentista también fue popular para decoración de edificios de vivienda en Sevilla, Córdoba, Carmona, Zaragoza.

La escultura

Apenas cabe hacer distinción entre los escultores neoclásicos y los románticos, ya que ambos se proponen la imitación de modelos antiguos. La tendencia hacia el romanticismo se nota, más que en la técnica, en la preferencia que se da a temas nacionales, históricos y medievales; mientras que la escultura religiosa se mantiene en sus temas más próxima al barroco tradicional del siglo XVII.

Especial es el caso de José Álvarez Cubero (1788-1827), uno de los más claros exponentes de la escultura neoclásica, con sus obras “Diana cazadora” en la que se percibe la exquisita perfección del famoso escultor italiano Antonio Cánova y “Apolino” de más fría y calculada perfección, pero carente de toda vitalidad. Aunque todavía de técnica neoclásica, en su “Defensa de Zaragoza”, en su exaltación de la Guerra de la Independencia, expresa ya un claro nacionalismo, que se puede considerar romántico.

A partir de mediados del siglo se van multiplicando en las ciudades españolas, estatuas de políticos y generales, en su mayoría sin gran valor artístico, pero que sirven para expresar las inclinaciones políticas de la época. También tienen mérito algunos monumentos de tema histórico, generalmente de tradición romántica, o según estilos históricos como el gótico renacentista.

La pintura

La corriente academicista del siglo XVIII seguidora de Mengs y de Bayeu continuó durante las primeras décadas del siglo XIX con Mariano Salvador Maella (1739-1819), autor de magníficos retratos de Carlos III y Carlos IV, y su discípulo Vicente López (1772-1850), también excelente retratista, que es famoso por los retratos de personajes de la corte y de Fernando VII y, en especial, por el de Goya, su obra maestra. Vicente López también adornó los palacios reales con numerosos frescos.

De mayor importancia fue, durante las primeras décadas del siglo XIX, la escuela neoclásica francesa, que se mantuvo fiel a su creencia de que el arte no debe copiar sino idealizar la naturaleza.

Romanticismo

Simultáneamente con las últimas generaciones de pintores neoclásicos, comenzaron a aparecer en el norte de Europa las primeras pinturas románticas, cuyo estilo renovador se extendió rápidamente por toda Europa, ya triunfante en 1830. A fines del primer tercio del siglo, el estilo romántico dejó sentir también su influencia en España

Como en la literatura, la pintura romántica española también reaccionó contra la exaltación de la antigüedad pagana, prefiriendo los asuntos nacionales o locales, de historia medieval y, para los exóticos, los musulmanes españoles o africanos y los lugares de Palestina.

Importantes fueron también los paisajistas que buscan la expresión romántica, efectista y luminosa, en paisajes de ruinas, catedrales y castillos.

Es conocido también Valeriano Bécquer (1833-1870), hermano del poeta Gustavo Adolfo Bécquer, de quien tiene un magnífico retrato. Es además notable por sus cuadros de escenas familiares, amables, aunque un tanto nostálgicos y de composición forzada y poco genuina.

En su deseo de apartarse del vulgo y para demostrar su alejamiento de valores burgueses, los "románticos" con frecuencia se vestían de manera desaliñada, descuidando su apariencia con largas melenas, lo cual les atrajo las burlas de muchos de sus contemporáneos, siendo ridiculizados por escritores como Mesonero Romanos (1803-1882) en “Escenas Matritenses: El romanticismo y los románticos”, y por pintores como Leonardo Alenza (1807-1845) en sus pinturas parodiando “la muerte romántica”.

Pintura de historia

Durante la segunda mitad del siglo, a raíz de la primera Exposición General de Bellas Artes celebrada en 1856, se desarrolló la llamada "pintura de historia", generalmente de antiguos, pero también modernos. En ella se continúa, con gran riqueza de cuadros, la tradición romántica.

La escuela de historia se mantuvo vigente hasta entrado el nuevo siglo.

Pintura realista y comienzos del impresionismo

Tras el romanticismo, llega también a España la llamada "corriente realista", que había triunfado en Francia ya desde mediados del siglo. En los temas, la pintura realista europea convierte frecuentemente el interés por el mundo contemporáneo en expresión de una ideología social y política, prefiriendo, como la literatura naturalista temas sociales de las clases bajas urbanas y campesinas, que representa con un sentimiento melancólico o pesimista.

Los temas de la pintura estrictamente realista no encontró la gran aceptación en España que tuvo la literatura realista o naturalista. En la pintura realista española se nota la influencia de la pintura barroca, en la técnica, y una cierta afición a los temas y estilos románticos populares a lo largo del siglo.

Cuadros de género

Una continuación de los temas románticos y de su interés por la pintura costumbrista lleva al desarrollo de los llamados cuadros de género. Representan momentos de la vida ciudadana en el que se percibe con frecuencia la influencia impresionista en los colores.

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